Días soleados, ruidosos y perfumados
El tintineo de la vajilla y de los cubiertos, el sonido de las voces que se mezclaban entre conversaciones.
Estamos tomando mate en el living de su casa. Tenemos un sistema de cebar que no se parece al de nadie: uno le hace un mate al otro cuando termina de tomar el mate que el otro le hizo.
Yo cebo, se lo doy. Ella lo toma. Al ratito ceba, me lo pasa. Yo lo tomo. Y así sigue el loop.
Son los primeros días frescos en Buenos Aires después de la llegada del otoño. Es ese fresco lindo, donde a la mañana salís con una campera y a la tarde volvés por la vereda del sol con la campera en la mano, en remera disfrutando del calor en la cara y los brazos.
–Tengo un problema-, le digo a Barbu.
Ella solo me mira como preguntándome cuál. Tiene puestas las gafas para ver que usa solo para trabajar. Tienen el marco dorado y el sol destella cada tanto.
–Me confundo entre primavera y otoño. No sé bien cuál viene después del verano o cuál viene después del invierno.
Empieza a decir “no, pero...” y estalla en risas. Yo también río porque no puedo creer la ridiculez de no saber algo tan básico como el orden de las estaciones del año.
Milo, acostado sobre un rayo de sol en la mesa, levanta la cabeza asustado por nuestras risas. Los ruidos fuertes suelen asustarlo.
Al rato cebo un mate y se lo paso.
***
Voy al cumpleaños de mi mamá. Me abre feliz, con una sonrisa de oreja a oreja. Como siempre, diría. No es literalmente siempre, pero es como la recordaría cualquier persona que piense en ella: sonriendo y abrazando.
Entro pensando que va a haber poca gente y la casa de mi infancia –que no es la de mi infancia sino la de mi adolescencia, la que se convirtió en hogar cuando mis papás se separaron y mi abuela nos abrió las puertas– está repleta de amigas de mi mamá.
El cuchicheo es total. Ver a tanta gente me pone feliz. Solo las personas que dieron mucho amor pueden llegar a grandes con tantos amigos alrededor.
Casi todas gritan cosas sonriendo cuando me ven. Yo también, sonriendo y gritando, digo “¡Tanto tiempooooo!”.
No hay más que un hombre. El amigo puto de mi mamá con quien va casi semanalmente al teatro. El resto son mujeres que están en sus 50s, 60s, 70s, 80s y hasta 90s. Algunas amigas de mi mamá, otras amigas de mi abuela. Lily, mi tía Isa, Pato, Vana, Lía, Mel, mi abuela Pety, Susana y un montón más. Personas con las que me crié y que me vieron crecer, que se ponen contentas de verme bien, de conocer a Barbu, de preguntarle si me estoy portando bien, de decirle que me tenga cortito antes de reírse con todo el cuerpo tirando la cabeza para atrás y golpeando la mesa con las manos de uñas largas y rojas.
Mi hermano me dice que menos mal que llegué porque estaba podrido de escuchar las historias de las amigas de mamá.
Voy a la cocina y me armo un plato de comida de cumpleañito: sánguches de miga, porciones de pizza, empanadas. Sirvo vino para Barbu y para mí. Mi hermano toma mate. Hablamos un rato largo. Me cuenta de sus estudios, de su trabajo.
–Un poco igual que siempre.
–Algunas veces “igual que siempre” no está tan mal, ¿no?
–Para nada.
Al rato se acerca Vana, vecina de toda la vida. La quiero como a mi familia. Lo escribo y pienso que, un poco, lo es. Los años convierten a algunas personas en tías, en casi madres, en casi hermanos. La sangre deja de importar porque el amor es más fuerte. Es un poco más joven que mi mamá. Ella todavía no llegó a los 60. Hace un tiempo estuvo enferma de cáncer. Algunos pensaban lo peor, pero es de esas personas que van por la vida ganándole a todo sin esfuerzo, como si fuera simple.
Gran parte de mi infancia la pasé en lo de Vana que vivía a una casa de distancia de la de mis padres. Ella todavía vivía con los suyos. La casa era una especie de mansión que tenía un fondo inmenso con un galpón en la parte de atrás. El galpón era territorio exclusivo de Bruno, italiano que nunca soltó su acento, no porque no pudiera, sino porque estaba orgulloso del lugar de donde venía.
Bruno era un hombre grandote que para un nene de unos 5 o 6 años parecía una especie de superhéroe que todo lo podía. ¿Había que arreglar una mesa? En el galpón se resolvería. ¿Se rompió el motor de la heladera? Él lo arreglaría. Yo lo miraba trabajar en silencio. Él me dejaba jugar con algunas de sus herramientas, las menos peligrosas.
Los domingos la cocina también era su territorio y el plato solía ser siempre el mismo: fideos con bolognesa. Preparaba la comida italiana por excelencia en una olla gigante para toda la familia y vecinos que se habían convertido, con el paso de los años, en amigos. Yo, junto con otros chicos, corría entre perros y adultos que cocinaban, miraban carreras de autos, charlaban de fútbol y compartían los últimos chismes del barrio. Quién engañaba a su marido, quién había cambiado de trabajo, quién se había quedado sin, quién había muerto, quién había tenido un hijo.
Las tardes se extendían muchísimo.
Los hombres se iban al patio a jugar al truco y seguir emborrachándose al grito del “¡Falta envido!” o “¡Quiero vale cuatro!”. Las mujeres se quedaban adentro jugando a la loba o al Burako y comiendo torta.
Recuerdo esos días como días soleados, ruidosos y perfumados: el tintineo de la vajilla y de los cubiertos, el sonido de las voces que se mezclaban entre conversaciones, del olorcito a la bolognesa haciéndose durante horas, del placer de mojar el pan en la olla con una receta que sobrevivió generaciones, de los primeros traguitos de vino que tomábamos a escondidas, del olor a café conquistando cada rincón de la casa cuando terminábamos de comer.
Me pregunto cómo habría sido este cumpleaños sin Vana, pero la pregunta se desvanece rápido entre las risas, los tragos y el brindis.


