Aprendiendo a hacer la plancha
Hay que quedarse quieto y confiar.
Hay un restaurante en el medio de la laguna que solo vende ostras. Se llama Ostra do Sul. La forma de llegar sin mojarte es una: gritarle a los dueños para que te vengan a buscar en una balsita pequeña a motor en la que entran seis personas bastante apretadas.
Bajás la escalera de la laguna, gritas “¡¡¡OOOOOOOOOOOOOOOOOOIIIIIIIII!!!” con todo lo que pueden tus pulmones y, si te escuchan, alguien chifla desde el restaurante flotante dando acuse de recibo. Al ratito estás arriba de la balsa.
Doce ostras, 60 reales. Te las traen en un plato repleto de hielos, limas y picante. La combinación es tan extraña para un paladar desacostumbrado como exquisita.
Pero en ese momento llegamos y la barca no estaba. Ostra do Sul había desaparecido. Eran poco más de las 9 de la noche. El restaurante flotante, imaginamos, se había ido a pasear, así que nos sentamos en el borde de la rambla en silencio, mirando el agua ir y venir.
Al rato empezaron a caer algunas gotas. Esas nubes brasileñas que tienen pocos litros de agua que se vacían en cuestión de minutos y dejan otra vez al sol o la luna como protagonista.
Agarro el celular para anotar algunas ideas. Todo me parece poético acá. Todo me parece poético con ella. Me cuelgo y empiezo a escribir en el celular. Ella se da cuenta y me dice que se va a pegar una ducha.
Le pregunto si no le molesta que me quede.
–¿Cómo me va a molestar? Vení cuando quieras.
La miro irse. No puedo creer que sea tan linda.
La laguna está en su mejor momento. Todos la quieren en el atardecer. A mí me gusta a oscuras, cuando está más tranquila.
En la otra orilla veo algunas luces.
Pasa una barca muy pequeña total y absolutamente a oscuras. No sé ni siquiera cuántas personas van arriba. Al rato otra con luces rojas. Me pregunto si será para atraer algún tipo de bicho marino para atraparlo o es un telo flotante.
Las olitas de esta laguna son un poco más ruidosas. No mucho, pero están al lado del mar y eso cambia la ecuación. Puedo verlo desde acá, más cheto, transparente, celeste. El sonido es hipnótico. Cierro los ojos. Hago fuerza para guardar esta escena en mi mente como si fuera un video de los que subo a la red social que borré hace unos días.
No quiero olvidarme de nada de lo que vivo.
***
Me puse una regla que no sé cuánto durará, pero en esa ando. Digo que sí a todas las side quests que me puedan llevar a descubrir algo que valga la pena. No importa si suenan increíbles o si parecen una pérdida de tiempo.
–¿Vamos a Ushuaia?
–Sí.
–¿Vamos a acampar a un campo que está a 350 kilómetros?
–Sí.
–El tema es que se viene una tormenta terrible.
–No hay drama.
–¿Me acompañás a dejar la chata al taller?
–Sí.
–¿Vamos caminando a Luján el domingo con la procesión?
–Pero si no crees vos.
–Es por la anécdota.
–¿Vos también estás en esa? Vamos.
–¿Vamos a una clase de yoga con perritos?
–Ni sabía que existía eso.
–Sí, es más jugar con perritos que yoga, pero es divertido.
–Vamos.
–Tengo que ir a ver un auto a Arrecifes, ¿me acompañás?
–¿Dónde queda Arrecifes?
–Pasando Areco.
–¿Carmen o San Antonio?
–San Antonio.
–Dale.
Tengo miedo de perderme algo.
***
Estoy haciendo la plancha en unas piletas que se forman entre las piedras de una de las playas de Tibau. Mientras floto se me viene la imagen de mi abuelo a la cabeza. Loli. Fue él el que me enseñó hace más de 35 años en una pelopincho naranja que ocupaba prácticamente todo el espacio que había en un reducido patio quilmeño. En ese momento me parecía olímpica.
—Quedate quieto —me decía mientras me levantaba la cadera con la mano—. Si te movés, te hundís.
Hago pis en el mar sin dejar de flotar.
Loli era de esos italianos a los que les costaba el cariño, como prácticamente a toda esa generación que creció a base de golpes y falta de recursos. La época en la que no había nada que enseñarle a los niños. La época donde tenían que ser adultos cuando tocaban la adolescencia. Muchas veces antes.
Abro los ojos, miro el cielo. Hay nubes que parecen montañas macizas que podrían chocar con violencia, pero que cuando se tocan empiezan a entrelazarse y volverse una.
Loli empezó a demostrar cariño cuando se dio cuenta que estaba viejo.
Mi hermano y yo solíamos verlo unas 5 o 6 veces por año: cuando alguien de la familia cumplía años, en Navidad o en Año Nuevo. En esos últimos tiempos, al despedirnos, nos decía que teníamos que vernos más, que nos juntáramos a comer y tomar vino. Empecé a ir más, pero nunca entendí el silencio constante. Nunca entendí cómo se construye amor desde la frialdad.
Mi abuela, que tenía que esconderse para darme 5 pesos porque si no él se enojaba, murió varios años antes. Ella era la cadena que unía a la familia paterna y, cuando esa cadena se rompió, ninguno de los hombres que quedaron supieron cómo manejar el amor suspendido en el aire.
Las cosas nunca fueron iguales después que ella se desplomó a metros de su casa ante la mirada de los vecinos que todavía tomaban mate en la puerta al atardecer. Tenía puestos los ruleros. Era tan paqueta que probablemente estará arrepentida por toda la eternidad de haber muerto con esos ruleros puestos.
La música al taco de un party boat me devuelve al mundo actual. Dejo de hacer la plancha y me quedo parado. Cada vez que viene una ola tengo que pegar un saltito para que no me tape el agua. Un grupo de personas, completamente en pedo, le hace caso a un tipo que le grita a un micrófono con todas sus fuerzas arengándolos. Todos menean y gritan de felicidad.
Salgo del agua molesto por la llegada de esa gente ruidosa. No veo a Barbu. Imagino que se fue al baño, pero al instante la veo caminando rápido para no quemarse con la arena con dos caipirinhas. Todos los días tomamos una. Una especie de ritual brasileño que incorporamos.
Cerca de las piedras hay un grupo de nenes. Ninguno puede comunicarse con otro correctamente. Uno habla portugués, otro castellano y otro inglés. No necesitan del idioma. Se ríen e intentan cazar peces con una red muy pequeña sin demasiado éxito.
Al rato vuelvo al agua, levanto la cadera y floto.



Hermoso, Axel! Me gustó mucho la regla. Ojalá dure